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Encuentro en la cocina

Ella se inclinó sobre la amplia superficie de la encimera de madera, apoyando las palmas de sus manos en el borde frío. Su espalda formó una curva suave bajo el ajustado vestido negro. Él se situó detrás de ella, de pie, muy cerca, sin tocarla aún. Los dos moños oscuros de su peinado se mantuvieron inmóviles. La falda del delantal blanco, con sus pequeños encajes, rozó la parte trasera de sus muslos. Su postura era estable, como si hubiera estado allí durante un rato. Él llevaba la máscara negra ajustada a la cabeza, ocultando la parte superior de su rostro. Su figura, vestida completamente de negro, permaneció quieta unos instantes, observando la nuca de ella. El monitor encendido sobre la encimera proyectaba una luz azulada y muda sobre los objetos dispuestos: un tazón metálico, una jarra de vidrio, unos utensilios. El silencio solo era quebrado por el zumbido bajo de la campana extractora sobre la placa de cocción.

Primeros movimientos

Él entonces levantó sus brazos y colocó sus manos sobre sus caderas, fingers spread wide over the black fabric of her dress. Sus dedos se cerraron ligeramente, afirmando el contacto. Ella no se enderezó ni se apartó. Su respiración, aunque no audible, hizo que sus hombros se elevaran y descendieran con un ritmo constante. Él se inclinó un poco hacia adelante, acortando la ya mínima distancia que los separaba. La máscara negra de él quedó a la altura de uno de los moños de su cabello. La textura del algodón de su camiseta negra contrastaba con la lisura del delantal almidonado. Durante esos segundos, el único movimiento fue el de sus torsos, casi imperceptible, al respirar. La escena se mantuvo así, fija, durante lo que pareció ser el minuto completo.

La superficie fría

Ella giró el torso hacia él, aún apoyada en la encimera con las palmas de las manos. Sus pies se separaron del suelo. Se sentó sobre la superficie lisa de la cocina, frente a él. Las caderas de ella quedaron al borde del mueble. Sus piernas se abrieron ligeramente. Él se acercó un paso, permaneciendo de pie. Su cuerpo ocupó el espacio entre las piernas de ella. Sus manos negras se posaron en sus muslos, sobre el blanco del delantal. Los dedos de él presionaron la tela, hundiéndola levemente contra la piel. Ella no apartó las manos de la encimera, donde seguían apoyadas a sus lados. La espalda de ella se arqueó hacia delante. Su cabeza bajó, mirando hacia el punto donde sus cuerpos se encontraban. La máscara de él apuntó en la misma dirección. Permanecieron así un minuto, quizás dos, sin otro movimiento.

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Ella levantó entonces los brazos de la encimera. Sus manos tomaron la nuca de él, los dedos entrelazándose sobre el negro de la máscara y la sudadera. Tiró de él hacia abajo, con una fuerza que inclinó su propio cuerpo hacia atrás. La espalda de ella rozó la superficie fría de la encimera. Él se dobló por la cintura, cediendo a la presión. Su máscara se hundió en el pecho de ella, contra el delantal. Sus propias manos se deslizaron desde sus muslos hasta sus caderas, agarrándolas por debajo del vestido. La sostuvo allí, semiacostada, evitando que resbalara del todo. Los zapatos de ella se elevaron del suelo, colgando en el aire. Un pie golpeó suavemente el cajón inferior del mueble. El otro pie permaneció inmóvil. El equilibrio dependía ahora completamente de sus brazos y de sus manos.

El orden de los gestos

La secuencia de sus acciones siguió un patrón claro, donde cada movimiento anulaba el anterior. Un gesto preparaba el terreno para el siguiente, que a su vez lo volvía innecesario. La estabilidad inicial se sacrificaba para ganar una nueva posición, que inmediatamente demostraba su propia inestabilidad. Lo que en un momento fue crucial, al siguiente se convirtió en un estorbo. Las manos buscaban nuevos puntos de apoyo casi en el mismo instante en que los encontraban. La proximidad de sus cuerpos variaba, a veces aumentando y a veces disminuyendo la eficacia de su postura compartida.

Cuándo Qué pasó Qué cambió después
En el primer instante Ella se sentó en el borde de la encimera Su postura dejó de ser vertical y estable
Unos segundos después Él colocó sus manos sobre sus muslos El contacto fijó la distancia entre ellos
Pasado un minuto Ella lo atrajo hacia su pecho La estabilidad de ambos dependió de su fuerza
Justo después Él la sujetó por las caderas Impidió su caída pero congeló el movimiento

El resultado fue una serie de ajustes que no condujeron a una posición mejor, sino a otra que pronto requeriría otro cambio. Cada solución creaba un problema nuevo de similar magnitud. La necesidad de movimiento los llevó a adoptar una forma que pronto resultó tan limitante como la anterior. La superficie de la cocina, antes un apoyo, se convirtió en un obstáculo para un mayor acercamiento. Sus cuerpos, enredados, encontraron un punto muerto. La utilidad de cada acción se medía por lo breve de su vigencia. Lo que sirvió para un momento no servía para el siguiente.

Ella finalmente desanudó sus brazos de su nuca. Empujó su pecho contra la máscara de él, enderezando su espalda. Sus pies buscaron el suelo y lo encontraron. Sus talones golpearon el linóleo con un sonido sordo. Se separó de él lo suficiente para recuperar su verticalidad. Sus manos, liberadas, cayeron a sus costados. Él retiró sus propias manos de sus caderas. Las volvió a colocar sobre sus muslos, como al principio. Pero la posición ya no era la misma. El avance había consumido su propio propósito. Lo que quedó fue la necesidad de empezar de nuevo desde otro punto.

En el suelo

Ella deslizó su cuerpo hacia el borde de la encimera hasta que sus pies encontraron el suelo. La suela de sus zapatos hizo un contacto casi silencioso con las baldosas. Él no se separó durante este movimiento; sus brazos permanecieron alrededor de su cintura, siguiendo el descenso de su cuerpo. Durante un momento, ambos quedaron de pie, frente a frente, en el centro de la cocina. Su postura era ahora más vertical, más cercana. La máscara negra de él estaba a la altura de su frente. Los dos moños de su pelo seguían intactos, aunque un poco más desordenados que al principio.

Ella giró lentamente sobre sus talones, dando la espalda a la encimera y a él. Él ajustó la posición de sus brazos, que ahora rodeaban su torso desde atrás. Sus manos con guantes se posaron sobre el delantal blanco que cubría su vestido negro, justo por debajo de su pecho. Ella inclinó levemente la cabeza hacia un lado. Su nuca quedó expuesta cerca de la máscara. Permanecieron así, inmóviles, durante lo que parecieron varios segundos. El único movimiento era el ligero balanceo de sus cuerpos, casi imperceptible, marcado por una respiración que no se veía pero se adivinaba en el ritmo.

Lo que quedó

Después de que ellos se fueran, o de que ocurriera lo que ocurriera después, en la habitación se encontraron varios objetos. Algunos estaban en su lugar original, otros no. La lista no pretendía ser completa, sólo incluía lo que se recordaba. La memoria de quien lo contaba era fragmentaria, y probablemente faltaban cosas.

  • Un monitor de ordenador apagado sobre el frigorífico.
  • Un paño de cocina húmedo junto al fregadero.
  • Varias migas de pan esparcidas sobre la superficie de la encimera.
  • La máscara negra, abandonada en el borde de la mesa.
  • Un guante negro solitario en el suelo, cerca de la ventana.
  • El delantal blanco con bordes de encaje, doblado con cierta torpeza.

Ella dio un paso hacia adelante, arrastrando consigo a él, que aún la sostenía. Caminaron así, unidos, un par de pasos cortos en dirección a la ventana. El movimiento fue lento y coordinado, como si una fuerza compartida los impulsara. La luz que entraba por el cristal iluminaba ahora el costado de sus figuras. Fue entonces cuando ella levantó una mano y la posó sobre el brazo de él, que seguía rodeándola. No apretó, sólo dejó la mano allí, con la palma abierta sobre la manga negra de su camiseta. Él, en respuesta, hundió ligeramente su cabeza en el espacio entre su hombro y su cuello.

La última inclinación

Ella se inclinó de nuevo sobre la mesa de la cocina, apoyando las palmas de sus manos en la superficie fría. Su espalda formó una curva profunda bajo la luz que entraba por la ventana. Él se situó detrás de ella, de pie, sus brazos rodeando su cintura para sujetarla. Los zapatos de él permanecieron quietos en el suelo de baldosas, mientras los tacones de ella se levantaron ligeramente del suelo. La tela negra de su vestido se tensó sobre sus hombros. Su respiración era la única señal de movimiento en la quietud de la cocina.

Así permanecieron durante un largo minuto, una estatua de dos cuerpos en el centro de la habitación. Los flequillos de sus dos moños colgaban inmóviles cerca de sus sienes. La máscara negra de él ocultaba la dirección de su mirada, que bien pudo haber estado fija en la nuca de ella o en el perfil de la campana extractora. El delantal blanco con encajes colgaba quieto, sin una arruga. No hubo más cambios de posición, ni intentos de ajuste, ni desplazamientos hacia la izquierda o la derecha. El monitor siguió mostrando su pantalla en negro desde el rincón.

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larry_taylor59